La Verdad y su sombra

Una de mis moralejas jasídicas preferidas relata sobre un comerciante judío de vinos que se la pasaba cruzando países para vender su excelente mercancía.

En uno de sus viajes se encontró con una fuerte tormenta y todo el cargamento de su mejor vino peligraba; en un momento de desesperación le dijo al conductor de caballos: ¡tómate un vaso de mi mejor elixir, y eso te dará fuerzas para conducir los caballos con éxito y podrás superar esta fuerte tormenta de nieve!

Le da un vaso, y un poquito más y más, el conductor con alegría se empecina en contra de la tempestad y logra llegar a la primera aldea. Al llegar allí se encuentra con unos amigos y les comparte el contenido del cargamento atado a sus caballos. Se acercan a “exigirle” al comerciante que comparta este buen vino.

El judío ante el miedo de perder toda su mercancía, les da de beber un vaso a cada uno y entonces le vuelven a pedir, y les sirve un poco más…

Ante el peligro, incluso de su vida frente al grupo de borrachos, se le ocurre una idea y les dice: -les voy a decir la verdad, el vino que bebieron no era mi vino excelente, era un vino muy malo, pero como ustedes no entienden de vinos …pensaron que era muy bueno.
El grupo joven de bebedores empezaron a empujarlo y reclamar: ¿cómo nos has mentido?
¡¡Queremos del buen vino!! El judío en su astucia les sirve del mal vino y les dice: – Este sí es el buen vino… Salud!! entonces empiezan a deleitar…y a asegurar las virtudes de este gran “buen” elixir.

La confusión entre el bien y el mal permitió a uno salvarse y a los otros garantizar sus pasiones.

Nuestra perasha nos habla sobre Yacob y lo define como un hombre simple; el profeta Mija lo llama un hombre al que se le da la verdad, es decir que Yacob, es el que nos transmite el concepto de la verdad.

Sin embargo, cuando leemos el texto nos encontramos que Yacob NO era una persona que dignificara el concepto de verdad, justamente los tres relatos que hablan de él, están relacionados con el engaño.

El primero cuando aprovecha el hambre de su hermano mayor Esav para comprarle la primogenitura a cambio de un plato de lentejas, la segunda vez cuando por orden de su madre engaña a su padre para recibir la bendición que estaba destinada a Esav, diciéndole a su padre el ciego: yo soy tu hijo primogénito; y finalmente cuando se va de casa de su suegro a la mitad de la noche haciéndole creer al suegro que él lo engañó.

¿Por qué el hombre de la verdad manifiesta todos estos engaños? ¿Acaso el hombre de la verdad no debe demostrarla con sus acciones? ¿Acaso el hecho de llamarse un hombre simple y un hombre de la verdad encierra un mensaje distinto a la perspectiva simple?

La respuesta está en que Yacob nos viene a enseñar el concepto de la verdad en su manifestación trascendental.

Una verdad que enfrenta a dos contradicciones, donde la materia y el espíritu luchan por manifestarse y están disociadas dentro de una sola realidad.

Allí la verdad las une, a través de un conocimiento que analiza el esfuerzo de la persona versus el reconocimiento individual o colectivo que va a recibir por su acción.

El secreto de la verdad está plasmado en generaciones de yehudím que cumpliendo con entrega absoluta la Tora y las mitzvot andan por un camino intermedio.

Muchas veces, parecido a nuestra anécdota, la verdad nos hace confundir lo bueno con lo malo y el bien con el mal, pero nos sitúa en el camino del medio -Maimónides prólogo a la Mishna capítulo 5-, un lugar donde la perspectiva nos hace ver los extremos; situándonos entremundos; manifestando la luz al final del camino y no la dificultad del mismo.

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