Un final esperado

 

Cuando la persona cruza la barrera de la mitad de su vida, comienza a visualizar objetivos, pretendiendo que sean un legado para su familia y nuestra sociedad.

Cierto es, que esto no nos ocupa el día a día, pero en algún momento de nuestra vida, consciente o inconscientemente pensamos en ello.

Este pensamiento nos puede producir miedo, ansiedad o incluso desilusión, por lo que inmediatamente desechamos el pensamiento y nos concentramos en el presente, como una vacuna para que el miedo no nos penetre.

Mientras mayor arraigo y valor le demos al mundo material, mucho más potente será el sentir de que somos presa de un pánico que no podemos controlar; seremos víctimas de las circunstancias y nos encontraremos sometidos a las reglas del universo que incluyen una transformación constante y un cambio frenético incontrolable.

El Talmud en el primero de sus volúmenes, Berajot 28B, nos dice “Que el hombre no debería temer, salvo a D.s, porque nada es tan real como D.s.”

La visión del hombre debería ser que vivimos con un solo D.s y dos mundos, los llamaremos el mundo material y el mundo espiritual o de una manera mas aseverada este mundo y el mundo venidero.

Lo material y lo espiritual no deberían ser dos visiones distintas, ya que el punto de partida (Di.s) las une y por lo tanto buscamos ser hombres que cumplimos con nuestra obligación y somos conscientes de que no somos nosotros los obligados a finalizar nuestra labor o poner una medalla sobre nuestros objetivos.

El miedo y la ansiedad no deberían ser parte del lenguaje del judaísmo, pero de la misma manera en que físicamente no podemos liberarnos de nuestro stress, nuestros miedos y ansiedades, entonces, debemos ser capaces de utilizar estos síntomas como una señal consciente que hay algo en nuestra vida que podríamos cambiar.

La lectura semanal Bejukotai, comienza con una fuerte advertencia de que solamente si cumplimos con las leyes tendremos abundancia física y bienestar.

La Torá no busca introducirnos en un estado de espanto o ceguera religiosa, todo lo contario, la Torá nos hace ser bien conscientes de que la debilidad del hombre puede llamarse temor y si no es bien encaminado deriva en una inquebrantable depresión.

El hombre asume el reto de su propia realidad, el conocimiento de D.s en su vida, le permite llevar el miedo hacia la acción y a mejorar su situación, a reconocer sus defectos y hacer algo con ello, porque de lo contrario el mismo síntoma podría ser el camino a la desesperación, el abandono de sí mismo y del prójimo.

El yehudi sabe que el cumplimiento de las leyes es asumir su verdadero YO, el yo que cree en D.s y actúa en coherencia, acata las leyes y asume el reto de IM BEJUKATAI sentirse motivado a ser un hombre de ley sin mayor reparo.

Como dice el Rebbe de Kotzk “que la melancolía no nos robe la esperanza ni diluya nuestras obligaciones.”

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